jueves, 21 de mayo de 2020

Música, música


La música captura la imaginación pública por cada paraíso prometido.

Hay música impasible que espera una señal de envión;
una secuencia indómita que reactive su actual compás invariable.

Dado que los sonidos son súper plásticos y ultra flexibles,
es natural que conecten con transmisores afines dentro del cerebro.

Algunos fragmentos de canciones son superiores al total;
fundiendo partes desemejantes se puede recrear otra novedad sónica.

La música es volumen más osadía más riesgo más ritmo más libertad.

Música nueva o música antigua, es insustancial; delicadas cadencias
aflorarán siempre de instrumentaciones sabias y pragmáticas.

Un sonido amigable es un estímulo que inscribe una huella mnémica,
archivando positivos recuerdos prémium, notablemente atesorados.

La música revive sentidos y empodera las personalidades dominadas.
En cuanto se articula un típico optimismo oportuno y sensiblero,
el estruendo destemplado activa una mente adormilada y estática.

Días desabridos mutan a gustosos cuando se los desafía con una melodía,
en un tiempo de violentas realidades la música es un bálsamo auditivo.

El volumen estentóreo, el masivo ataque intenso a las neuronas;  
el ruido sobre ruido va recuperando a los cerebros más inútiles.

De música melodiosa y canción con un corpus literario honesto; fluyen
sonidos nobles y sagaces envolviendo los sentidos del oyente inquieto.

Rasgueando la armoniosa guitarra española y percutiendo el yembe
africano o soplando el barroco corno francés; la música siempre ha
sonado energética. Pero menos, cuando la comercialización
ha subvertido la calidad por productos masivos subalternos.

Canciones a bocanadas constantes desdramatizan las letras trágicas;
el ruido y la tensión se aterciopelan en la audición de un estilo plácido.

Cada sonido reverbera diferente en cada oyente. Los órganos auditivos                         
y nuestra sensibilidad infieren modulaciones distintas en nuestro cerebelo.

Los oídos acostumbrados a la música aíslan cada ritmo oportuno y cálido,
sobresaliendo del estrépito mundano y vector de extrema calidad musical. 

El sonido del viento o el sonido del mar son dos de los más puros sones
con que la naturaleza nos gratifica según donde nos hallemos o residamos. 

Los músicos y cantantes son agentes visibles de intensa temperatura emocional, 
en ejecución eximia del instrumento o emitiendo voces límpidas.

Sí, días como estos son los días de perfectas canciones.



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