El
amanecer filoso corta la garganta de la ciudad.
Pareciera
ser siempre más benévolo con el campo
a
quien la madrugada solo le palmea la espalda.
La
metrópoli acata resignada ese trato preferencial;
y lo
vivencia como parte de un automatismo vitalicio.
Es
signo de una incompatibilidad entre campo y urbe.
Sería magnífico
una mezcolanza de ambas auroras
para
que a los de la ciudad no nos raspe el cuchillo;
y los
del campo no se la lleven siempre de arriba.
Cierto
es que las condiciones laborales son dispares.
Es
rudo el suelo tosco en cualquier época del año;
en la
ciudad es más común trabajar sentado cómodo.
La
casa del country club sería lo más parecido al campo,
que en
el suburbio se acerca a la frontera de la llanura.
Pero
su césped verde pulido no es el incoloro campestre.
El
destrato para con la población urbana es inentendible.
Sea la
atmósfera agónica de su ecosistema, o lo que fuere;
queda
asumir tales condiciones bajo protesta y seguir la vida.
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