martes, 25 de febrero de 2020

Biosfera


El amanecer filoso corta la garganta de la ciudad.
Pareciera ser siempre más benévolo con el campo
a quien la madrugada solo le palmea la espalda.

La metrópoli acata resignada ese trato preferencial;
y lo vivencia como parte de un automatismo vitalicio.
Es signo de una incompatibilidad entre campo y urbe.

Sería magnífico una mezcolanza de ambas auroras
para que a los de la ciudad no nos raspe el cuchillo;
y los del campo no se la lleven siempre de arriba.

Cierto es que las condiciones laborales son dispares.
Es rudo el suelo tosco en cualquier época del año;
en la ciudad es más común trabajar sentado cómodo.

La casa del country club sería lo más parecido al campo,
que en el suburbio se acerca a la frontera de la llanura.
Pero su césped verde pulido no es el incoloro campestre.

El destrato para con la población urbana es inentendible.
Sea la atmósfera agónica de su ecosistema, o lo que fuere;
queda asumir tales condiciones bajo protesta y seguir la vida.




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